PREGÓN EN HONOR A LA VIRGEN DEL CARMEN EN LA ALDEA DE LA MUELA REALIZADO POR MARÍA ISABEL PÉREZ FERNÁNDEZ.
Muy buenas tardes a todos.
Vecinos, familiares, amigos... y a todos los que, un verano más, habéis elegido volver a La Muela.
Es un privilegio poder compartir este momento con todos vosotros. Y os confieso una cosa: hablar delante de tanta gente siempre impone, pero hacerlo delante de quienes me han visto crecer, con quienes he compartido tantos veranos y tantos recuerdos, impone un poquito más.
Aquí no hay manera de esconderse. Entre todos sabéis perfectamente quién soy, quiénes son mis padres, mis abuelos… y seguramente hasta alguna trastada que hice de pequeña. Y si alguien no se acuerda, seguro que hay algún vecino dispuesto a refrescarle la memoria.
Porque así es La Muela.
Aquí nadie es un desconocido.
Aquí todos somos, de una manera u otra, familia.
Y cuando alguien llega nuevo, no tarda mucho en escuchar la pregunta de siempre:
"¿Y tú de quién eres?"
Y al final resulta que somos primos, sobrinos, cuñados… o, como mínimo, amigos de toda la vida.
Hace unos días me preguntaba cómo podía explicar lo que significa La Muela para mí.
Y me di cuenta de que no era fácil.
Porque La Muela no son solo sus calles.
No son solo sus casas.
Ni siquiera son solo estas fiestas.
La Muela es una forma de sentir.
Es ese lugar al que siempre queremos volver.
Dicen que uno es de donde nace.
Pero yo creo que uno también es de donde están sus raíces.
Yo nací en otro sitio, pero aprendí a sentirme en casa aquí.
Porque aquí nació mi padre.
Aquí crecieron mis abuelos.
Aquí he pasado todos los veranos de mi infancia.
Y aquí entendí que las raíces no solo se heredan, también se viven.
Por eso nunca he sentido que viniera de visita.
Siempre he sentido que volvía.
Y estoy segura de que no soy la única.
Porque muchos de los que estamos hoy aquí hacemos nuestra vida lejos de estas calles.
Estudiamos.
Trabajamos.
Vivimos en otros lugares.
Pero llega el verano… y hay algo que nos llama.
Algo que hace que empecemos a contar los días para volver.
Y qué curioso que una palabra tan sencilla como volver pueda significar tanto.
Volver es bajar del coche y respirar diferente.
Es encontrarte con caras conocidas.
Es recorrer las mismas calles de siempre.
Es sentir que el tiempo pasa más despacio.
Es recordar quién eres.
Y recordar de dónde vienes.
Volver a La Muela es paz.
Es felicidad.
Es infancia.
Es hogar.
Porque el hogar no siempre es un lugar donde vives.
A veces el hogar son las personas que te esperan cuando vuelves.
Y eso es exactamente lo que representa La Muela.
Aquí crecimos.
Aquí aprendimos que compartir era lo normal.
Aquí aprendimos que una puerta siempre estaba abierta.
Que una mesa siempre tenía sitio para uno más.
Que los problemas se resolvían hablando.
Y que los vecinos siempre estaban para echar una mano.
Salíamos de casa por la mañana y volvíamos cuando nuestras madres o nuestras abuelas empezaban a llamarnos a voces.
Y lo mejor es que ni siquiera necesitaban saber dónde estábamos.
Porque si no era en una casa, era en la de al lado.
Y si no, alguien siempre decía:
"Tranquila, está con los míos."
Eso, cuando eres pequeño, parece lo normal.
Pero cuando creces te das cuenta de que era un auténtico privilegio.
Crecimos en un lugar seguro.
En un lugar donde cualquier vecino podía echarte una bronca si hacías alguna trastada… y donde la noticia llegaba a tu casa antes que tú.
Y aunque entonces nos pareciera la mayor injusticia del mundo…
Hoy sabemos que aquello también era una forma de querernos.
Si hay algo que define La Muela, además de su gente, son nuestros mayores.
Nuestros abuelos.
Ellos llenaban estas calles de vida.
Pasaban las tardes sentados en la puerta de casa.
Siempre tenían una historia que contar.
Un consejo que dar.
Una sonrisa con la que recibirte.
Nos enseñaron que compartir era lo normal.
Que ayudar al vecino era casi una obligación.
Y que la riqueza de un pueblo nunca está en sus edificios, sino en las personas que lo habitan.
Muchos de ellos ya no están físicamente.
Pero siguen muy presentes.
Porque basta con pasar por una calle.
Mirar una casa.
Sentarse en una puerta.
O escuchar una conversación.
Para que aparezcan los recuerdos.
Y creo que todos los que estamos aquí tenemos a alguien que hoy nos viene al corazón.
Por eso también estas fiestas son una manera de homenajearlos.
Porque gracias a ellos hoy seguimos teniendo el pueblo que tenemos.
La Muela ha cambiado con los años, como cambiamos todos. Tenemos la inmensa alegría de dar la bienvenida a nuevos vecinos que empiezan ahora a escribir su propia historia:
- Adara Benitez Alarcón.
- Hugo Benitez Alarcón.
- Lena Bach López.
Pero también hemos tenido que despedir a personas que han formado parte de la historia de esta aldea:
- José Frías Mostazo.
- Pepa Benitez Rodríguez.
- Remedios Benitez Rodríguez.
- Y nuestra vecina Luci.
Y si hay algo que hace todavía más especial a La Muela…
Son los amigos.
Porque aquí los amigos nunca han sido solo amigos.
Han sido esa familia que la vida nos ha regalado.
Los hermanos que no comparten nuestro apellido.
Las personas con las que hemos crecido.
Con las que hemos aprendido.
Con las que hemos compartido los mejores veranos de nuestra vida.
Cuando éramos pequeños pensábamos que era normal.
Normal tener un grupo que te esperaba cada verano.
Normal pasar meses sin verse y que, al reencontrarnos, pareciera que el tiempo no hubiera pasado.
Normal saber que siempre habría alguien dispuesto a llamar a tu puerta para decir:
"¿Salimos?"
Pero con el tiempo descubres que eso no es tan normal.
Que es un auténtico regalo.
Porque hay amistades que duran unos años.
Y luego están las que duran toda una vida.
Las que nacen en lugares como este.
Las que sobreviven a la distancia.
Las que no necesitan explicaciones.
Basta un abrazo.
Una mirada.
Una noche de verano.
Y todo vuelve a ser como siempre.
Los veranos en La Muela no se cuentan por años.
Se cuentan por recuerdos.
Por los juegos de "poli y ladra".
Por las tardes que parecían interminables.
Por las noches sentados en la fuente arreglando el mundo.
Por las risas.
Por las historias que seguimos contando una y otra vez.
Y siempre aparece alguien diciendo:
"¿Os acordáis de aquella vez...?"
Y nunca hace falta terminar la frase.
Porque todos sabemos perfectamente cuál es.
Y entonces nos damos cuenta de que los años pasan.
Que ya no somos aquellos niños.
Pero que, cuando estamos aquí, una parte de nosotros vuelve a serlo.
Y después llega la feria.
La excusa perfecta para volver a reunirnos.
Para abrazar a quienes hace tiempo que no vemos.
Para compartir mesa.
Para bailar.
Para brindar.
Para reírnos.
Porque las fiestas no las hacen las luces.
Ni la música.
Ni los colchones
Las hacen las personas.
Las hacen las conversaciones interminables.
Los niños corriendo de un lado para otro.
Los mayores tomando el fresco.
Las familias reunidas.
Y esos momentos que, sin darnos cuenta, se convertirán en los recuerdos que contaremos dentro de unos años.
Por eso quiero dar las gracias.
A todas las personas que hacen posible estas fiestas.
A quienes colaboran sin buscar reconocimiento.
Y, sobre todo, gracias a cada vecino de La Muela.
Porque sois vosotros quienes hacéis grande este lugar.
Ojalá sepamos conservar siempre esta esencia.
Que los niños que hoy juegan por estas calles puedan crecer sintiendo la misma libertad que sentimos nosotros.
Que hagan amigos a los que un día llamarán familia.
Que dentro de unos años vuelvan con la misma ilusión con la que hoy volvemos nosotros.
Y que nunca perdamos lo que hace única a La Muela.
Su cercanía.
Su sencillez.
Su capacidad para hacer sentir en casa a cualquiera.
Porque la vida nos llevará por caminos diferentes.
Viviremos en otros lugares.
Formaremos nuestras familias.
Tendremos nuevas responsabilidades.
Pero siempre habrá un camino que nos devuelva aquí.
Porque hay lugares a los que se va...
Y hay lugares a los que siempre se vuelve.
La Muela siempre será uno de esos lugares.
Antes de terminar, hay un momento muy especial que también forma parte de estas fiestas. Me gustaría invitar a Josefa Palma Benítez a que suba para hacerle la entrega de este detalle, por su dedicación, compromiso y cariño.
No quiero acabar sin dar las gracias a todas las personas que, con su trabajo y dedicación, han contribuido para que esta fiesta se haga realidad.
Gracias además a dos vecinas por donar estas flores que visten hoy la ermita y a nuestra Virgen del Carmen.
Muchísimas gracias por permitirme compartir este momento con todos vosotros.
Disfrutad de estos días.
Abrazad mucho, reíd más todavía y llenad las calles de vida.
Y cread recuerdos que algún día contarán quienes hoy son los más pequeños.
¡Que viva La Muela!
¡Que vivan sus gentes!
¡Y que vivan nuestras fiestas!
Gracias por regalarme el mejor lugar al que volver.
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